Una nueva investigación sobre la relación entre la música y el cerebro ha podido establecer que los niños que tocan un instrumento una media de dos horas y media a la semana desarrollan un 25% más el cuerpo calloso, la zona que conecta los dos hemisferios cerebrales y que ayuda a la coordinación de ambas manos. Los investigadores descubrieron también que el incremento en el cuerpo calloso es directamente proporcional al rendimiento en una prueba no musical en la que los niños presionaban secuencias en un teclado de ordenador. Ahora se trata de averiguar si la práctica musical conllevaría otros beneficios, como la mejora de la memoria o las cualidades de razonamiento.
Tocar un instrumento musical fortalece las conexiones entre los dos hemisferios del cerebro en niños, pero sólo si éstos practican de manera persistente, señala la revista Sience.
Según un estudio hecho público en el encuentro anual de
Aumento del cuerpo calloso en niños:
Ya en 1995, el mismo autor del presente estudio, el neurólogo y neurocientífico Gottfried Schlaug descubrió que los músicos profesionales que habían empezado a tocar antes de los 7 años de edad presentaban un cuerpo calloso más grueso de lo normal.
No faltaron escépticos que, entonces, señalaron que este tamaño inusual del cuerpo calloso podría estar en el origen de la capacidad musical y no a la inversa, es decir, que los músicos podrían haber tenido desde el principio un cuerpo calloso más desarrollado.
Ahora, Schalug, que trabaja en
Del grupo inicial, seis niños siguieron practicando con sus instrumentos durante esos años al menos dos horas y media a la semana. El cuerpo calloso de estos estudiantes de música creció entre los seis y nueve años un 25% en relación con el tamaño global del cerebro.
Mejora de la coordinación:
En cambio, en el caso de los niños que también siguieron tocando, pero sólo entre una y dos horas a la semana o que, directamente, abandonaron la práctica, no se detectó este crecimiento del cuerpo calloso.
Todos los participantes en el experimento tocaban el piano o el violín, instrumentos que precisan el uso de ambas manos.
Por otro lado, en cada participante, los investigadores descubrieron que el incremento en el cuerpo calloso era directamente proporcional al rendimiento en una prueba no musical en la que los niños presionaban secuencias en un teclado de ordenador.
Es decir, que la práctica musical mejora las conexiones neuronales relacionadas con la coordinación de los movimientos de las dos manos.
Schlaug y su equipo seguirán investigando a estos mismos niños para saber si la práctica musical conllevaría otros beneficios, como la mejora de la memoria o las cualidades de razonamiento.
Cerebros cambiantes:
Esta investigación no es la primera que señala el efecto del aprendizaje y la práctica musical en el cerebro infantil. En otro estudio anterior, realizado por psicólogos de
Con un seguimiento de dos años de duración a dos grupos de niños de edades comprendidas entre los cuatro y los seis años, se pudo demostrar que los participantes de uno de estos grupos, al que se le enseñó música, habían sufrido una maduración acelerada del córtex cerebral.
Otra interesante investigación realizada hace unos años demostró por otro lado que los músicos profesionales tienen el cerebro más desarrollado en las áreas de éste relacionadas con el oído, la vista y la agilidad física.
Todo parece indicar, por tanto, que la práctica musical es beneficiosa para el cerebro, ya se trate del cuerpo calloso, del córtex o de las regiones cerebrales relacionadas con los sentidos del oído y la vista, así como con la agilidad física.
Investigaciones anteriores han podido determinar que no existe en el cerebro una región específica para la sensibilidad musical, sino que la música abarca diversas áreas cerebrales, incluso algunas que normalmente están implicadas en otro tipo de actividad. También hemos descubierto que las áreas cerebrales activas varían según la experiencia individual y el entrenamiento musical.
Se sabe asimismo que la música está estrechamente relacionada con la cultura humana desde sus orígenes y que la práctica musical ayuda a los estudiantes a desarrollar el cerebro y a mejorar sus aptitudes académicas.
Por Yaiza Martínez.
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Una región del cerebro está específicamente consagrada a la percepción musical y son unas anomalías congénitas al cerebro las que causan la ausencia de sentido musical en las personas. Por ello, la incompetencia musical es una anomalía accidental del sistema nervioso que un defecto cultural.
Según esta investigación, la incompetencia musical no es el resultado de la educación o del entorno, sino de una malformación de nacimiento que sólo afecta a la sensibilidad al ritmo, la melodía o los acordes, pero que no trasciende a otras funciones neurológicas, por lo que las personas indiferentes a la música llevan en los demás aspectos una vida completamente normal.
La investigación, que se centró en 11 personas incapaces de disfrutar de la música a pesar de sus esfuerzos por aprenderla, demostró que padecían de un sistema deficiente en la comprensión de la música, por lo que si se consigue aislar el gen que diferencia a las personas indiferentes a la cultura musical, podría identificarse claramente como el gen de la música.
Gen musical
De momento puede decirse que se ha identificado una parte del código genético que determina las habilidades musicales, por lo que corresponde ahora a los genetistas completar el trabajo de la neuropsicología para identificar el gen de la música.
Hace ya unos años de Isabelle Peretz desveló la existencia de regiones cerebrales asociadas específicamente a la percepción de la música, incluso en los sujetos ajenos a la cultura musical.
La continuación de sus trabajos ha permitido demostrar que los circuitos cerebrales propios a la percepción musical perciben los aspectos emocionales de la música, como la alegría o la tristeza, independientemente de los aspectos vinculados al conocimiento de la estructura o coherencia de la melodía.
Por ello, la música ya no puede considerarse sólo como un lenguaje no verbal en el que la dimensión emocional no está vinculada al campo neuroanatómico, sino más bien como un producto cultural resultante de la interacción entre el juego del espíritu y una necesidad biológica.
La capacidad de conocer, compartir y disfrutar de la música es innata, a pesar de que haya personas incapaces de vivir la música debido a un fallo genético. La música está vinculada incluso a las primeras formas de lenguaje de la especie y forma parte del proceso de cohesión social.
La música, como se aprecia en las relaciones de los adultos con los recién nacidos, en los coros religiosos, en los himnos nacionales o acontecimientos deportivos, refuerza el sentimiento de pertenencia a un grupo, por lo que el cerebro musical descubierto por Isabelle Peretz puede considerarse como una de las ventajas evolutivas mantenidas por la selección natural, de la que no participan sólo las personas con una irregularidad genética menor.
Más información:
Artículo en la revista Brain:
http://brain.oupjournals.org/cgi/content/abstract/124/5/928
Dossier sobre el cerebro musical:
http://radio-canada.ca/tv/decouverte/26_music/index.htm