Negocios
¿Qué tiene de malo el lucro?
La actual polémica sobre el rol del lucro en la educación motiva a reflexionar sobre esta palabra que despierta tantas susceptibilidades y resquemores y que, al final, no es más que un sinónimo de beneficio: o sea, de hacer las cosas bien. Justo lo que se necesita en el sistema educativo chileno.
Por José Manuel Silva
REVISTA QUE PASA
La actual polémica sobre la necesidad o no de prohibir el fin de lucro en la educación chilena lleva a hacerse preguntas más fundamentales: ¿Cuál es papel del lucro en una sociedad? ¿Por qué tanta animosidad en contra de éste? ¿Es acaso la educación un servicio tan distinto a otros en donde no se discute (¿o sí?) el legítimo rol del lucro?
Según la Real Academia el lucro es una "ganancia o provecho que se saca de algo". Esta definición es parecida a la de beneficio: "Ganancia económica que se obtiene de un negocio", el que a su vez es definido como: "Aquello que es objeto o materia de una ocupación lucrativa o de interés".
De esta manera vemos que en el lenguaje, por lo menos, existe una relación entre lucro, beneficio y negocio. Personalmente prefiero usar la palabra beneficio en vez de lucro. Esta última tiene una connotación negativa. No así la primera, la que sería una mejor traducción de la palabra profit del inglés.
En el mundo anglosajón los profits bien ganados no son mal vistos, muy por el contrario.
Beneficio, sinónimo de lucro, viene del latín bene facere (hacer bien). ¿Qué hace bien cuando se obtiene lucro? Esa es la pregunta fundamental. O si se quiere: ¿se hace algún bien al obtener un beneficio? ¿Tienen los beneficios alguna utilidad social o son, según lo que muchos creen, una injusta repartición de los frutos del trabajo?
Dar antes de recibir
Si exceptuamos los monopolios, los beneficios de cualquier empresa son el resultado de hacer las cosas bien. Si éstos se mantienen en el tiempo, las cosas se han hecho entonces muy bien. La compañía en cuestión ha logrado, antes que todo, satisfacer las necesidades de sus clientes. Ello es especialmente así en los mercados de servicios (financieros, de salud o educación) en donde la satisfacción es un punto crítico. Quien logra esto es alguien que se ha preocupado de conocer las necesidades de sus consumidores y sus capacidades de pago, de manera de diseñar el producto más cercano a éstos.
Se ha preocupado de seleccionar los insumos más adecuados para proporcionar el producto al menor costo posible y los canales de venta más eficientes para llegar a su cliente.
Todo lo anterior lo ha hecho antes de poder testear definitivamente su producto, por lo que el capital que arriesga podría perderse en su totalidad si al final de cuentas sus cálculos eran errados (como ha ocurrido un número de veces en la historia del capitalismo).
En definitiva, el emprendedor es alguien que primero da antes de recibir. Si acierta, recibirá beneficios que no son otra cosa que la remuneración a la escasa capacidad empresarial que existe en toda sociedad.
El lucro es un imán
Sólo una vez que ha logrado saciar el apetito de muchos, el emprendedor
cosechará beneficios. Aun ahí corre el riesgo de que su producto sea copiado o imitado y, por lo tanto, que la competencia le masque su lucro. Los consumidores se beneficiarán entonces de menores precios y probablemente de mejor calidad, al esforzarse cada emprendedor (el antiguo y los nuevos) en mantener su mercado.
El beneficio tiene entonces aires de tragedia griega. Su sola existencia atrae como moscas a quienes poseen capital y talento y esperan poder mascarle lo que el primero que llegó está ganando. Es el lucro o beneficio el que juega un rol de imán para atraer al capital financiero y humano hacia los sectores en donde hay mucha demanda insatisfecha. Sin el lucro, fruto final de un sistema de precios libres, es imposible el cálculo económico y por lo tanto las decisiones de inversión deben ser tomadas por una vanguardia iluminada a la que se le ha otorgado la mágica capacidad de saber qué necesita la gente y cómo se debe producir de mejor manera aquellos bienes y servicios que ésta requiere. Bajo los escombros del muro de Berlín yacen varias de estas vanguardias que al borrar el sistema de precios (y el lucro) convirtieron los sueños de muchos en la mayor de las pesadillas.
El riesgo del emprendedor
En última instancia ésa es la opción: o se tiene un sistema descentralizado, en el que quienes mejor resuelven los problemas económicos de una sociedad reciben como premio los beneficios, o se tiene uno centralizado en donde las necesidades las determinan unos anónimos cerebros que supuestamente conocen mejor que nadie qué productos las satisfacen de mejor manera y cuáles son los mejores mecanismos para producirlos y distribuirlos.
La gran falacia de esta última opción es que parte de la base de que es
posible recopilar centralizadamente los trillones de bytes de información
implícitos en una moderna sociedad de consumo. ¿Qué se demanda, dónde, cómo, quién lo hace?¿Cómo producir, con qué insumos, cómo distribuir? Todo ello requiere de un conjunto de conocimientos prácticos que sólo el ensayo y error descentralizados, acicateados por la competencia, van descubriendo.
La sociedad no sólo aprende de los emprendedores que apuntan correctamente, sino también de aquellos que se equivocaron. Las decisiones económicas son siempre complejas y suelen tomarse con incertidumbre. Una sociedad en donde estas decisiones se toman descentralizadamente se equivocará menos. Sólo lo harán aquellos desafortunados empresarios que optaron por los productos incorrectos.
Por el contrario, una sociedad que elige la ruta de la centralización se
enfrenta al peligro de la mayor de las equivocaciones: optar por el camino productivo incorrecto y obligar a todos sus ciudadanos a recorrerlo. Y cuando se den cuenta de que es un error (si el sistema político permite reconocerlo como tal y no trata de barrerlo bajo la alfombra de la impunidad), dicha sociedad corre el riesgo de no tener a nadie a quien imitar y por lo tanto de ser sumamente vulnerable a lo que le quieran proporcionar del exterior.
¿Y qué pasa con la educación?
Esto es especialmente así en educación.
¿Cuál es el mejor sistema pedagógico para la Básica o la Pre-básica? ¿Es un sistema mixto?¿Cómo se debe remunerar a los profesores?¿Cuál es el idioma que debe ser enseñado: mandarín, inglés o el francés? ¿Es bueno un sistema con mucha disciplina o es recomendable uno en donde los alumnos son "libres"?
Las respuestas a estas interrogantes están diseminadas en toda la sociedad. Un ministerio nunca las podrá tener todas. Si pretende así hacerlo, corremos el riesgo de embarcarnos en un sistema educacional que luego de varias décadas descubriremos como equivocado.
La solución correcta es un sistema descentralizado en donde cientos de
alternativas pedagógicas compitan en un mercado de educación enriquecido por la experiencia de maestros, padres y, obviamente, un Estado que disemine la información a través de tests universalmente aceptados. Chile no puede darse el lujo de un Transantiago educacional.
quepasa@copesa.cl
Gentileza: Martita Canto
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Lucro es a Beneficio
como
Trabajo es a Hacer las cosas bien
La perversa estimgmatización de beneficiarse a través del trabajo bien hecho es tan contradictoria como incomprensible: todos trabajamos a cambio de una ganancia y está demostrado que, generalmente, mientras mejor lo hacemos, mejor es nuestro retorno, sea éste en dinero o en otra forma que nos haga sentir gratificados.
Como Profesora estoy convencida que la Educación necesita mentes y capacidades que estructuren, formalicen y encausen metódica y planificadamente tanto esfuerzo que se pierde entre la ineptitud, la burocracia y la corrupción (aunque no sé si en ese orden).
Saludos,
Macarena